Apoteosis

¿No querías ser una escritora intimista y profunda? Pues lo intimista y profundo es así; llega al desgarro y a la destrucción…
AB

Ángela Becerra es una aparición. Una madonna prófuga de la inmovilidad a que la condenaba el marco. Ángel en rebeldía. Ser atemporal que puede darse el lujo de no portar gota de maquillaje y resplandecer con imperturbable belleza. Luce, asimismo, como alguien sin historia que sin embargo es capaz de inventarse una y mil y mudar de vida como de zapatos.
Nacida el 17 de julio de 1957, en Cali, Colombia, Ángela publica su primer libro, en el género poético, a los 44 años: Alma abierta (2001). Fungía entonces como vicepresidenta de una de las más prestigiadas agencias de publicidad de España, país donde reside desde 1988. De buenas a primeras, canjeó fama y fortuna por un amor errática y hasta entonces clandestino: la literatura. Fue como publicista, sin embargo, que empezó a desarrollar eso que algunos insisten en desdeñar pero existe y se llama “inspiración”. “Mezclo tu alma/ entre mis gestos/ y ya no sé si son míos,/ ni mirar/ en los objetos…/ Tu latir/ en mis secretos….”
Resulta difícil ubicarla en un campo tan competitivo y sin compasión como el de la publicidad… a simple vista. Porque Ángela, como sus fabulosas heroínas, es engañosa. El carácter pulsa en las tensas venas de su cuello y le traspasa el verde de sus ojos que pasan de lago sereno a volcán cuando alguien insinúa que escribe “novelas de amor”: “Los sentimientos no son exclusivos de las mujeres. Todos estamos aquí porque hemos sentido. Da la sensación de que si una habla de emociones es sentimientos, es consecuencia de ser mujer, pero muchos de mis escritores favoritos que son hombres hablan ampliamente de los sentimientos, como José Luis Sampedro, JM Coetzee, Sandro Marai, etcétera. Seguimos, desgraciadamente, arrastrando los estereotipos y en la medida en que las mujeres no hagan ver que las emociones son propias del género humano, las seguiremos arrastrando.”Hay en ella algo nostálgico, casi hiriente. Algo que impone respeto pero, al mismo tiempo, invita a la especulación. Rehúye las etiquetas y sin embargo resulta inevitable, dada la manía de “garciamarquezar” a todo autor colombiano, aunque sea a la fuerza. Fue a partir de la segunda novela de Ángela, El penúltimo sueño, ganadora del Premio Azorín 2005, que le colgaron una que no alcanzo a descifrar: idealismo mágico. Pero en la literatura de Ángela Becerra no hay Macondo, sino una Colombia en perspectiva, como contemplada desde la mirilla de un avión, a un tiempo lejana y perpetua que reproduce fiestas, helados y tundas de la infancia y amerita las más poéticas descripciones de una prosa que es, en esencia, poesía: “(…) la piel de este país acariciaba (…) Sobre una trenza de montañas azuladas se vislumbraba una extensa zona de retazos almohadillos, que desde arriba formaban una colcha vegetal indescriptible. Una apoteosis frugal de café, flores, palmeras, ríos serpenteantes, cascadas, lagos… verde, mucho verde estallando vital ante sus ojos (…)” (Lo que le falta al tiempo, Planeta, México, 2007, p. 207). La “Colombia buena”, dice ella.
No hay más magia que la cotidiana, esa que solo el ojo entrenado es capaz de advertir… pero allí está, ofreciéndose desnuda para quien se atreva a confrontarla. No hay beso apasionado que no sea más ancho que el océano, como en la vida real. Idealismo… a menos que la urgencia de salir de uno mismo sea idealista. Los personajes de Ángela exudan pasión erótica y creativa y a veces se nos revelan castos hasta la agonía. Se autoescriben. Se autorretratan. Pero también arrastran pesados abrigos de pesimismo y dolor, llevando debajo de él al niño o niña callados que fueron. Lo mágico, en todo caso, lo reemplazaría por milagroso, si se me permite la herejía, claro. Por otro lado, las novelas de Ángela Becerra tienen mucho –o todo- de thriller. Nadie lo ha insinuado siquiera, ni la propia Ángela, aunque sonría enigmática cuando sugiero que parece seguir la premisa borgeana de “toda buena novela es en el fondo una novela policiaca”.Las novelas de Ángela Becerra observan algunos puntos en común: heroínas hipersensibles, con el dolor a flor de piel, como las llagas de una santa…habilidosas en el aspecto psíquico, misteriosas, solitarias… despiertan violentos instintos de protección en hombres maduros que, por lo general, resultan malheridos en la contienda contra los fantasmas que apresan a tan delicadas criaturas. La amiga, casi hermana de una santa que no es de yeso, sino un dulce cadáver incorrupto oloroso a lavanda cuya hagiografía bergmaniana reposa al fondo de un cofrecillo… una restauradora de libros con una vida destrozada que intenta rescatar su libro de alma de un íntimo alluvione. Ámbitos ultrasofisticados, contrarios, en teoría, al misticismo que impregna los cabellos de estas mujeres y contrastan con estos como gotas de sangre sobre la nieve. Lejanas… remotísimas… como si estuvieran simultáneamente en muchos sitios y épocas, dispersas en trocitos que exhiben insospechadas facetas de sí mismas. Artistas casi siempre. La Mazarine de Lo que le falta al tiempo, anda y desanda las calles de París con pies descalzos, seguida de cerca por los viejos miembros de una secta que han extraviado algo que ella tiene en su poder… como la Ella de Ella, que todo lo tuvo, recorriendo una Florencia perennemente lluviosa, apoyada en singular bastón, buscando frenéticamente los cuerpos de su esposo e hija cuyo recuerdo está a punto de escapársele de las manos: “Su soledad era su marca, una dolencia grave y sin ningún tipo de cura que se le manifestó desde su nacimiento y fue creciendo hasta adueñarse de ella (…) La convertía en víctima y verdugo. Le daba y le quitaba. La sometía y sodomizaba, pero también la hacía dueña y señora del mundo etéreo y ficticio que le regalaba lo que nadie más le daba: un universo infinito.” (Ella, que todo lo tuvo, Planeta, México, 2009, p. 175).Más que caracteres, Ángela diseña soledades. Cada personaje es un islote, particularísimo microcosmos que conlleva su genealogía de abandonos. “Soledades que se rozan”, es como ella define el leit motiv de Ella, que todo lo tuvo (Premio Planeta-Casamérica, 2009) pero podría muy bien explicar sus novelas previas. En la novelística de Ángela Becerra no hay personajes secundarios, mucho menos incidentales. No desdeña al potero, a la doncella, al barman, cada uno situado en lugares estratégicos y dotados de identidad, cuando menos de alma (¡cuando menos!) Lo mejor es que cada soledad, enorme o pequeña, perenne o efímera, elegida o impuesta como nombre propio, caso de la protagonista de El penúltimo sueño, y cada una transcurre ante nuestros ojos como las líneas de un librito abierto dentro del Gran Libro. Indudable que estemos ante seres de carne y hueso, por singulares o abominables que nos resulten sus secretos: el secreto, tratándose de Ángela Becerra, es consecuencia o propiciador de la Soledad. En este y solo en este sentido admitiría una correspondencia entre ella y el Otoñal Patriarca de la literatura colombiana: “García Márquez es un referente… como los rusos… como Virginia Woolf…
La casualidad también es consuetudinaria en la obra de Ángela, un personaje más y representa algo muy concreto: como en la vida real, ningún encuentro es fortuito. Nada escapa a la razón, ésa para quien las explicaciones a veces no bastan o salen sobrando… y todo puesto en función de la apoteosis del nudo conductor que, tras el aluvión, puede alcanzar la calma.
El erotismo en esta narrativa es un paulatino y casi desesperante ascenso al éxtasis, dicho en todos los sentidos imaginables. Para nada casto: lo que demora hasta la locura puede ser más bien perverso. Festín de los sentidos, anticipación gozosa de un orgasmo lo bastante torrencial para devastarlo todo a su alrededor. Se le puede empezar a invocar a través de una pluma deslizándose por la espalda, o un puñado de nieve vertido entre los muslos. Más que suceder, florece. Consumación sacrílega del amor prohibido que se nos revela, ante todo, como milagro estético. La noción de “pecado” se nos presenta bellamente transfigurada, asociada más con ángeles que con demonios; ajena a silencios y a silicios, purificada por el arte: el sexo contemplado como un cuadro. Caricias que son pincelazos o versos. Un sentido artístico incluso superior a los celos, como en Lo que le falta al tiempo, en que dos mujeres enfrentadas por el amor de un amor trascienden su condición de rivales como vírgenes en comunión, la madura encontrándose en los ojos de la joven, vueltas una al extremo de la complicidad. El artista no sabe odiar, pareciera decir Ángela Becerra. Razón y sentimiento volcados en una percepción hermosa no solo del mundo sino de los instintos tenidos por “bajos”.Esta inclinación por volver objetivo lo que de suyo es subjetivo, pero sin negar la emotividad de personajes tan extraordinarios como Sara Miller, la fotógrafa de Lo que le falta al tiempo, nos habla de complejísimas arquitecturas novelísticas que no pueden sino provenir de una pluma inconforme. Ángela Becerra, casi etérea a simple vista, exhibe un temperamento narrativo muy próximo al del violento Cádiz, el pintor de Lo que le falta al tiempo, que de la virginal Mazarine… de la tortuosa Ella, que no puede evitar partirse en dos, la restauradora de libros y la enigmática Donna di Lácrima, imponente en su expresivísimo silencio, que de Lívido, el frágil librero que de tan tímido emana frío. La comunión de los opuestos, presente y pasado, dos caras de una misma moneda, amalgama letal.
Lo mejor de todo, sin embargo, es la generosidad con que Ángela comparte el origen de sus ideas con el lector, a manera de epílogo: la mención del cadáver incorrupto de santa Clara Mártir durante una cena con unos amigos, inspira la trágica anécdota de Sienna, doncella medieval perpetuada en Mazarine… la súbita y reiterada aparición de una dama abrigadísima en el Harry´s Bar de Florencia y quien junto con el abrigo parece cargar una tristeza asimismo abrumadora, hace a Ángela, cargada siempre con una libretita, “a la caza de historias”, inventarle un esposo y una hija desaparecidos, literalmente hablando: ¿a qué peor disyuntiva podría enfrentarse uno que de que lo mejor te ha ocurrido en la vida no haya sucedido jamás? Y en cambio, cuán nítidas son las infancias desdichadas, marcadas por el abuso y la desconfianza de una madre que no supo protegerte: “Qué frágil es el universo de la palabra, figuras de cristal que se astillan; qué difícil la gramática del alma (…) Sin embargo, tratando de ocultar, mostramos más. Quizá lo que no se dice es lo más sonoro. El silencio muchas veces es el gran sonido del miedo al dolor.”
La generosidad de la autora va todavía más allá al desbaratar su propia aura de misterio y revelarnos que Ángela Téllez, la diseñadora de las portadas de sus libros, es su hija mayor… que María, la menor, anhela convertir en películas las complejas novelas de mamá, y que desde hace unos diez años está felizmente casada con “Joaquín”.

Peines y balas

...Cortaba las venas y sangraban palabras.
R.M

Rebecca Miller es más conocida por ser esposa del actor irlandés Daniel Day Lewis –nieto a su vez del poeta Cecil Day Lewis- e hija del dramaturgo, novelista y cuentista Arthur Miller (1915-2005), famoso a su vez por haber sido uno de los esposos de Marilyn Monroe, no obstante avalarle una espléndida obra que lo hizo acreedor al Premio Príncipe de Asturias en el 2000. A Daniel lo conoció, por cierto, durante el rodaje de la película The crucible, inspirada en la obra de Arthur Miller conocida en Latinoamérica como Las brujas de Salem. Los menos reconocen a Rebecca como directora y guionista de tres filmes más que decorosos –The ballad of Jack and Rose, en la que su esposo interpreta a un padre de familia con una enfermedad terminal; Angela y Velocidad personal-; como actriz en un par de filmes: Regarding Henry y Consentig adults. Lo que muy pocos saben –espero que pronto lo sepan más –es que se trata de una narradora excepcional, que ha alcanzado su consagración definitiva en el terreno literario con una primera aunque apasionante novela, Las vidas privadas de Pippa Lee que, contrario a Velocidad personal, adaptada al cine y dirigida por la propia Rebecca, ha sido realizada como película antes de llegar hasta nuestras manos convertida en libro.Me niego a hablar de talentos heredados; prefiero asumir que su padre ha sido una poderosa influencia para ella. En común tiene con Arthur Miller una prosa ágil, lúdica, despiadada a veces. Padre e hija poseen una sorprendente clarividencia para extraer el elemento sórdido de las situaciones más anodinas y cotidianas, como señala. Frank McCourt, autor de la novela Las cenizas de Ángela, “Nos revela lo que teníamos ante nuestras narices y no veíamos. ¿Pero no es ese el don de un verdadero creador?” Rebecca se inicia como directora de cine en 1998, a los 32 años, con la película Angela, por la que obtiene el Filmmaker´s Trophy y el Cinematography Award en el Sundance Film Festival, así como el IFT Gotham. En el 2001, siendo madre de dos hijos, Ronan (1998) y Cashel (2002) publica su primer libro, Velocidad personal (Anagrama, 2003, traducción de Esther Tusquets y Néstor Busquets), nombrado mejor libro del año por el Washington post y cuya versión cinematográfica, dirigida por la propia autora, fue acogida con menos entusiasmo que el libro, no obstante haber obtenido el gran premio del jurado en el Festival Sundance, entre otros reconocimientos.
Rebecca Augusta Miller nació el 15 de septiembre de 1962 en Roxbury, Connecticut, hija del antes citado dramaturgo, quien contaba 47 años al momento de nacer su hija mayor, y de la fotógrafa austriaca Inge Morath. Tenía Rebecca cuatro años cuando nació Daniel, su único hermano, afectado con síndrome de Down y que el escritor rechazó radicalmente, al grado de depositársele en un centro de Nueva York, donde era visitado por su madre los fines de semana. No fue sino hasta cumplir ochenta años que Miller resarció el daño y reconoció la existencia de su hijo. Rebecca siempre se ha negado a tocar el asunto que, a juzgar por su tímida renuencia -y su intervención para que su esposo acogiera en su hogar al hijo que procreara con la actriz francesa Isabelle Adjani, antes de casarse con ella-, debe haberle afectado bastante: “El único que podría hablar sobre el tema es mi padre y él ya está muerto”, es su respuesta habitual.
Rebecca pasó los primeros seis años de su vida jugando en la suite de un hotel, y de ahí pasó a una granja en Connecticut donde creció viendo a sus padres crear en sus respectivas disciplinas. Estudió artes plásticas en la Universidad de Yale y la pintura fue su primera pasión, después la actuación –su debut teatral tuvo lugar con la obra El jardín de los cerezos, de Chéjov, donde interpretó a Anya-, aunque más tarde se descubriría mucho más cómoda detrás de las cámaras que delante de ellas, “la luz de los reflectores no es para mí”, declarará en alguna entrevista. Las evidentes ventajas de Rebecca –ser hija de quien era, su familiaridad con el mundo del cine y su sonrosada belleza prerrafaelita-, sabemos de sobra, pueden generar también prejuicios y convertirse en obstáculos, pero Rebecca ha sabido sortear estos con dignidad y paciencia, ganándose, un poco a la manera de su heroína, Pippa Lee, el respeto por ser quién es y no por su parentesco o su alianza matrimonial. Aunque su novela no es autobiográfica, pudiera decir que Rebecca tiene en común con Pippa Sarkissian ser una mediadora nata, necesitada de lograr la armonía a su alrededor, de procurar el bienestar de quienes entran en contacto con ella, aunque a veces fracase estrepitosamente en su intento.Me pregunto cómo adaptaría Rebecca tres de los siete relatos que conforman la versión cinematográfica de Velocidad personal, donde gran parte de la acción se desarrolla al interior de las protagonistas, mujeres entre 9 y 50 años. Puede que me equivoque, pero es probable que al trasladarse a imágenes, se pierda el valor intrínseco de los textos. La contraportada hace hincapié en un rasgo que pudiera parecer obvio, pero explicaré a continuación por qué no lo es: “su notable sabiduría acerca del mundo de las mujeres”. Cuando hablamos de un libro sobre mujeres, escrito por una mujer, damos por sentado que se trata de un libro feminista, y en cierto modo tiene que serlo. Pero la actitud vinculada al feminismo es la crítica social, hacia “la sociedad”, que es el término con que se engloba al patriarcado, no solo al género masculino. En ese sentido, Velocidad personal no es un libro feminista… pero mucho menos es lo contrario. Ni siquiera es posible hablar de un “contenido crítico”, cosa que sí es posible tratándose de su novela. Es un libro sobre mujeres: nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras hijas, nuestras amigas y nosotras mismas. El talante narrativo no se propone ser humorístico, aunque lo resulte a veces. Simplemente expone una serie de realidades que, trasladado al lenguaje literario, nos resultan cómicas por lo mucho que nos obliga a reconocer la vida real en todo su ridículo esplendor.
Las mujeres de Rebecca, desde la más vieja (Bryna), hasta la más joven (Nancy), no saben qué diablos quieren, ni quienes diablos son. Tienen libertad y no saben para qué maldita cosa sirve. Se miran en el espejo y no se gustan, ni siquiera la muy hermosa Julianne, porque de una u otra forma nunca estarán –o se sentirán- a la altura de las circunstancias. No todos los peines son resistentes a la espesura de una melena dorada, como ocurre con Grace, la hija de Pippa Lee –y presiento que a la propia Rebecca-, que por doquier deja peines desdentados. Al realizar la descripción física de sus mujeres, tanto las de Velocidad personal como las de Las vidas privadas…, Rebecca elige con justicia que conmueve las palabras con que nos describiríamos a nosotras mismas: “Dentro de cinco años aparentaría cuarenta, pero en ese momento era sexy y lo sabía”, “El trasero era un pequeño problema, porque no encajaba con el resto”. Juega Rebecca con contrastes que finalmente no lo son: la protagonista de su primer relato, Greta, editora de libros de cocina que por un increíble golpe de suerte termina siendo editora (y amante) de uno de los escritores más famosos del mundo, no sabe que hacer con un marido perfecto, guapo y talentoso, que además, oh inconveniente, la adora, “Iba a deshacerse de su hermoso marido como de un párrafo redundante”, mientras que Delia, protagonista del segundo, no sabe vivir sin el marido abusivo que le ha tirado –casi- los dientes. En realidad no creo que exista mucha diferencia entre Greta y Delia, no en lo fundamental: Una no se explica por qué no logra la felicidad con un esposo convencionalmente ideal, mientras que la otra se percata, confundida, de que se siente bien consigo misma, pero la sociedad no le permite admitir que la hace feliz ser golpeada y humillada; “amor apache”. Descubrimos entonces que la libertad de la que gozamos las mujeres es relativa; que las conductas e ideales establecidos por nuestra aséptica sociedad occidental todavía obstruyen la forma en que nos placería desenvolvernos. En pocas palabras: la emancipación nos queda corta
El tercer relato (que junto con el sexto fue el que más me gustó, aunque lo extirparan de la película) nos muestra a Louisa, una talentosa e insatisfecha pintora que no se permite enamorarse, por lo que muda continuamente de pareja, “(...) se debatía a la espera de un príncipe, pero no había príncipes, sólo postales de príncipes”, todo para terminar enganchada al que más le recuerda a su hermano gemelo Seth, que ella misma ha creado e idealizado y tuvo que morir para que ella viviera. El cuarto y quinto relatos tienen personajes en común, Julianne, poeta fracasada que ha destacado por su espléndida apariencia y de pronto advierte, a los cuarenta y un años, que ha empezado a apagarse, “Los cambios de su cuerpo hacían que Julianne sintiese que se estaba separando de sí misma”, y Bryna, su ama de llaves, que se distrae de su vida monótona contemplando a su patrona a quien supone realizada y feliz, si bien “Ella nunca escribiría un gran poema. En lugar de eso, se había casado con un gran hombre”. Nancy, protagonista del sexto relato, es una niña problema de nueve años a quien sus padres consideran “rara” por sus hábitos cleptómanos, por sus arranques violentos y, sobretodo, su extraño talento para pasar inadvertida. Hija de dos importantes personajes del jet-set, Nancy tiene la más extravagante afición: cronometrar el tiempo que puede permanecer en la misma habitación de su padre, sin que este se percate, alcanzando un récord de una hora, diecisiete minutos y treinta y cuatro segundos. Cualquier malpensado supondría que este es el relato más autobiográfico del libro, cosa que, para variar, Rebecca no niega ni afirma. Finalmente, Paula, una excéntrica jovencita que enfrenta dos disyuntivas en un solo día: abortar al bebé que espera y auxiliar en su fuga a un muchacho que presenta huellas de tortura y pudiera ser prófugo de la ley. El desenlace de cada uno de los siete relatos es la fuga de las protagonistas; fuga que puede ser física, imaginaria o emocional. Invariablemente se descubrirán en el lugar y momento equivocados y se cuestionarán qué es lo que realmente quieren de la vida y cómo obtenerlo, aunque a veces el medio sea demasiado arriesgado o heterodoxo. Bien dice Matt Thorne: “(...) estos relatos avanzan directamente hacia direcciones inesperadas.”Las vidas de Pippa Lee representa también una historia de madres e hijas, donde pareciera que las carencias emocionales y una relación casi enfermiza entre unas y otras se transmite de generación en generación. El peso de la historia recae, sin embargo, en una sola mujer que en realidad es muchas: Pippa Lee, quien al comienzo de la historia se muestra como la ejemplar esposa de un editor de ochenta años, que ha sacado adelante a dos hijos y ahora se propone seguir a este al que será, aunque no lo digan en voz alta, su refugio ideal para esperar la muerte: un complejo residencial para personas de la tercera edad al que en broma denominan “Villa Arruga”. Pippa, en efecto, es demasiado joven para confinarse en aquella “antesala del Paraíso”: tiene cincuenta años, treinta menos que su exitoso marido, y de algún modo se convierte en la jovencita del lugar. Acaso sea este hecho, ser tratada de nuevo como una muchacha, lo que produce en ella una serie de extrañas reacciones, por ejemplo, recordar una juventud que había optado por sepultar en su memoria, quizá por cuanto la exhibe ajena a la admirable mujer y madre que es en la actualidad. La narración pasa de la tercera a la primera persona cuando Pippa opta por reconocer ante sí misma que fue una muchachita llena de traumas: hija apasionada de su madre, afecta, como esta, a las anfetaminas; con un desastroso debut como seductora de hombres maduros y una alucinante experiencia lésbico-masoquista con la amante de una tía; una chica de diecisiete años que siente asco por los ángeles e intenta asemejarse lo más posible a Clint Eastwood: “(…) Cuando ya tenía once, doce años, cada vez que a Suky le daba un ataque de amor por mí o tras una discusión, ella se ofrecía a prepararme un biberón. Y a mí me encantaba. Ella lo preparaba y yo me tumbaba y me lo tomaba mientras miraba por la ventana como un bebé. Incluso después de descubrir lo de las pastillas, de que el simple roce de su piel me hiciera daño y de que empezara a fantasear con matarla, incluso entonces, todo se arreglaba con un biberón. El último lo tomé a los dieciséis años de edad.” (Anagrama, Barcelona, 2009, traducción de Cecilia Ceriani, p. 110)
No obstante obedecer ciegamente a sus impulsos sensuales, la joven Pippa es una joven sincera y leal a sus amigos, que al momento de ingresar en la vida de Herb Lee, casado entonces con la bellísima, voluptuosa y mortífera Gigi, no cuenta con ambición de ningún tipo, mucho menos literaria, “aquí hasta el mayordomo escribe relatos”, le dirá Herb en broma, haciéndole ver que nadie que se acerque a él lo hace sin pensar en triunfar como escritor. Pippa ni siquiera sabe quién es él cuando tienen un primer acercamiento, en una de las fiestas de Gigi y sin embargo el enamoramiento se da fulminante entre la jovencita y el ya talludo editor cuarentón. Pippa se transformará en la amante de Herb y, tras algunos inconvenientes, en la tercera señora Lee. Pese a tus turbadoras experiencias, Pippa renunciará radicalmente a las drogas para transformarse en la mejor mujer del mundo para su esposo e hijos. Cosa curiosa, es justo cuando el matrimonio ha entrado en su faceta de paz y armonía, al retirarse del mundanal ruido, que la dulce domesticidad da una brutal voltereta: Pippa se descubre sonámbula, entabla una curiosa amistad con el excéntrico hijo de unos vecinos que es un perfecto fracasado de treinta y cinco años con un tétrico Jesucristo tatuado en el pecho… y descubre que su esposo anciano e hipertenso le es infiel con la persona que menos se imagina: “Cuando los mellizos eran pequeños, yo tenía un sueño recurrente en el que me servían en una fuente enorme y los niños me comían. Siempre les habían gustado las costillas y arrancaban las mías con sus manos fuertes y grasientas y se las comían con voracidad, untadas en salsa de barbacoa. Lo más extraño del sueño era que yo permanecía siempre consciente y sonreía. Lo único que se me ocurría pensar era si los niños estaban comiendo suficientes proteínas.” (p. 228). Pippa, pues, se reivindica no una, sino dos veces: la primera, cuando pasa de drogadicta sin oficio ni beneficio a dedicada madre y esposa. La segunda, cuando pasa de esposa engañada a mujer que se da permiso para reencontrar a la Pippa que dejó abandonada en el camino.
Retirada por el momento en el condado irlandés de Wiclow, de donde es originario su esposo, Rebecca Miller prepara su segunda novela, mientras se repone de la promoción de su más reciente filme, Las vidas privadas de Pippa Lane, encabezada por Robin Wright Penn, Keanu Reeves y Alan Arkin, y un elenco increíble de populares actores en los roles secundarios: Winona Ryder, Julianne Moore, Monica Belluci, Jennifer Jason Leigh, entre otros.

En la lengua de Ofelia

Para C. Dolores Escudero

“Para nuestro propio bien” es un persuasivo argumento, que, eventualmente, puede conducir al hombre a que consienta su propia destrucción”. Una vez que Janet Frame hubo caído en cuenta de esto, empezó a forjar, discreta pero perseverante, su camino hacia la salvación de su persona, de un trocito suyo al menos, aferrada a aquel libro de Shakespeare, más amuleto que otra cosa, pues ni siquiera le era permitido leer. Janet no especifica el título del librito, aunque constantemente cita a Shakespeare, muy especialmente a Ofelia, con quien tiene en común el aprendizaje del lenguaje de la locura como táctica de sobrevivencia: “(…) la primera pasión de un libro consiste en sentirse leído, él había optado por leerse a sí mismo, lo cual explicaba la caída gradual de las páginas (…)” (Rostros en el agua, Plaza & Janés, 1965, Barcelona, traducción: Alfredo Percovich, p. 107) ¿Qué delito purgan algunas personas tipificadas como “enfermas mentales”? En el caso de Janet, tener un pelambre color zanahoria y ser ridiculizada por ello. Permitirse ver el mundo con sus ojos propios y desconfiar abiertamente de aquello que se supone “correcto”, “adecuado”, “mejor”. Dibujar y pegar estrellas contra un fondo negro para tener noches privadas. Saber vestirse por sí misma cuando se supone que debe dejarse vestir como un maniquí inanimado y rebelarse a menudo contra la máscara de falsa serenidad que se le quiere imponer a fuerza de electrochoques, experiencia que Janet Frame narra con la misma rabiosa nitidez que Sylvia Plath: peor que el “tratamiento” es la horrible incertidumbre con que se acuestan las internas, preguntándose si al día siguiente se les dará la indicación fatal: “Hoy no hay desayuno para ti”.
Debilitada, despojada de todo menos de su voluntad de escribir, Janet aguardaba en la antesala del cadalso: diagnosticada “esquizofrénica”, esta paciente, que previo al manicomio era una brillantísima alumna de la Universidad de Dunedin, un equivalente a nuestra escuela normal, y también de la Universidad de Otago donde cursó estudios de psicología, había sido condenada a una lobotomía. Según el diccionario de la Real Academia Española: “ablación total o parcial de los lóbulos frontales del cerebro”, cirugía muy de moda por entonces para “cambiar la personalidad”. Significa que pasaría a ser una autómata a la que (Frame dixit) llevarían de paseo, arreglarían con maquillaje, cubrirían con un pañuelo de flores su cabeza rapada. Se volvería silenciosa, pálida y dócil: ¡la mujer ideal!, “Me dieron el nuevo tratamiento eléctrico, y de repente, mi vida se desenfocó. No podía recordar. Estaba aterrorizada. Me comporté como se comportaban los que me rodeaban. Yo, que había aprendido el lenguaje, hablaba e interpretaba ese lenguaje. Me sentí totalmente sola. No había nadie con quien hablar…estabas encerrada, hacías lo que te decían o te atenías a las consecuencias… y no había más. Yo estaba ahí de por vida.”
Entre más electrochoques recibía, más se convencía Janet de que no le quedaba más remedio que desarrollar una especie de caparazón, una máscara imperturbable, digamos mejor, un sistema para morder un pañuelo imaginario que le permitiera aparentar indiferencia y estupidez ante la injusticia y el espantoso peinado semanal a base de petróleo y bencina para contrarrestar piojos y algo todavía más peligroso: feminidad. Ni siquiera resignación, que no es otra cosa que nostalgia de la felicidad y las locas, se supone, nada echan de menos porque han sido despojadas de todo esto, no, mejor adoptar “el lenguaje de Ofelia”, no despertar sospechas en cuanto a su capacidad de raciocinio, pequeño detalle que tan amenazante resulta a quienes pretenden subyugar a un rebaño: “(…) Conocía el lenguaje de la locura, creado con palabras en las que no intervenía la razón pero que contenían, sin embargo, un nuevo grado de razón, así como los ciegos crean, por medio del tacto, una forma práctica de esa visión que les ha sido negada.” (Rostros en el agua, p. 102)En el segundo volumen de su extensa autobiografía, que más tarde se agruparía bajo el título de Un ángel en mi mesa, admirablemente adaptada al cine por Laura Jones, dirigida por otra genial neozelandesa, Jane Campion, con una actriz excepcional aunque poco conocida en el rol principal, Kerry Fox, narra el instante milagroso en que, narcotizada hasta la indignidad, vio acercarse al superintendente del manicomio, un tal doctor Palmer, ausente por lo general, quien, enfundado en una bata inmaculada, le sonrió de una manera por completo distinta, tan blanca como su bata, diciendo:
-La vamos a cambiar de pabellón, señorita Frame. Y ya no habrá lobotomía: acaba de ganar el premio Hubert Church a la mejor prosa.
El libro que salvó la vida a Janet, La laguna, una colección de historias cortas, escrito parcialmente durante su reclusión, fue el primero de su producción que publicó, en 1951. La escritora libró la lobotomía, pero no con bastante tiempo para salvar también la dentadura. Una muchacha de veintisiete años despojada hasta de los dientes, aunque, se dice, ya los tenía podridos, efecto de la pésima alimentación y la imposibilidad de una elemental higiene. Se permitió sin embargo el máximo acto subversivo de alguien en su posición: sonreír. Su amiga Nola no se salvaría: ahí estaba también, aguardando su turno. Nola es, probablemente, el personaje al que Janet recuerda con más afecto en su autobiografía, la amiga que poco más tarde, una vez operada, apenas la reconocería.Janet Frame, a quien el Nóbel australiano de Literatura 1973, Patrick White (1912-1990) consideró la más grande autora neozelandesa desde Katherine Mansfield, nació en Dunedin, el 28 de agosto de 1924. Fue una de cinco hijos de un modesto ingeniero ferroviario y de una ex mucama, oh ironía, de la familia de la escritora con la que más tarde sería reiteradamente comparada su hija, Katherine Mansfield. Esta mujer, aunque presente en el hogar, se mantuvo emocionalmente distante de sus hijos, si bien Janet la recuerda componiendo canciones a la orilla del río: otra artista que cercenó su vocación en una sociedad provinciana que tolera a las madres hostiles pero no a las artistas. Hija de un hombre “taciturno y propenso a mostrarse turbado en momentos de honda emoción”, que evitaría visitarla en el sanatorio, por mucho que la amara, y de una madre avergonzada que se dejó convencer de firmar el permiso para que a su hija le fuera practicada la lobotomía; visitada apenas por una tía cuyo excesivo maquillaje olía a talco rancio y le hizo con sus propias manos el único regalo que recibió durante su reclusión: un primoroso bolso color rosa.
Janet Paterson Frame Cluth, su nombre completo, creció en Omaru, en la costa este de la isla. Conoció la tragedia desde muy temprana edad, con los constantes ataques epilépticos de su hermano mayor y único hijo varón, y la tétrica coincidencia en la muerte de dos de sus hermanas que murieron ahogadas en accidentes separados, con diez años de diferencia (1937-1947). Aunque la pobreza forzaba a los Paterson a mudarse continuamente, la muchachita pelinaranjada cultivó, como por impulso, el hábito de la lectura que habría de convertirse en su refugio, incluso cuando se le impidió leer, como ya vimos. Durante toda su vida estudiantil fue muy aplicada, ganando numerosos premios, pero siempre solitaria y apartada del resto, carente de amigos, identificada con las heroínas estoicas, las que sufren en silencio. No tardaría en justificar esa fama de excéntrica que desde niñita le acarrearon su peculiar cabellera que no le permitían arreglar y su ensimismamiento poético en un cuadernillo con lunares rojos donde le escribía al Capitán Scott. Con todo y que nadie avizoraba un destino prometedor para aquella rara criatura, Janet trabajó muy duro para ganarse un lugar en el mundo que parecía no existir para ella. Esta idea pareció reafirmarse cuando años más tarde, siendo ya maestra de secundaria, fue hostilizada por un inspector que desaprobaba sus métodos poco ortodoxos de enseñanza, hasta lograr que la despidieran. Empezó a circular la versión de que la inteligente señorita Frame estaba loca. Una absurda tentativa de suicidio con aspirinas, que ni la propia Janet supo explicar a cabalidad, la hace acudir por su propio pie a Seacliff, un hospital mental, en busca de ayuda para su profunda depresión. Era 1947, tenía veintidós años de edad cuando tomó aquella, la peor decisión de su vida que pudo ser la última. No imaginó que terminarían recluyéndola durante siete años, pues no fue dada de alta sino hasta 1954, tres años después del premio. En su autobiografía, Janet describe aquellos años como “un curso intensivo de los horrores de la locura”, muy presente en el resto de su literatura, especialmente en la poética novela Rostros en el agua, donde la protagonista, Istina, alter ego de Janet, relata su experiencia en dos distintos sanatorios, entre sábanas con monogramas de los ejércitos aliados durante la Segunda Guerra Mundial, Ake Ake Onward Onward y la persistente pestilencia a orines y petróleo. Una depresión nerviosa le fue equívocamente diagnosticada como esquizofrenia y los psiquiatras modernos aseguran que es un verdadero milagro que Janet haya emprendido una exitosa carrera literaria (un total de 19 libros, entre novelas, ensayos, relatos y cuentos para niños), que la llevaría a ser postulada durante muchos años al Nóbel (que estuvo a punto de ganar en el 2003), luego de padecer 200 electrochoques por semana, durante cuatro años consecutivos: “(…) el tratamiento (…) nos deja solos y ciegos, suspendidos en una vacuidez existencial en la que uno se mueve a tientas, como un animal recién nacido al contacto de los primeros consuelos. Luego, al despertar, pequeñas y asustadas, nuestras lágrimas continúan resbalando con lenta e indescriptible aflicción.” (p. 22).Su primera novela, publicada en 1957, Los búhos gritan, gozaría de una excelente recepción de la crítica. En ella explora de manera ambigua, casi metafórica, la sutil frontera entre razón y locura, la paulatina deshumanización de aquel que los médicos diagnostican como loco y como la locura estereotipada llega a convertirse en un disfraz para sobrevivir a quienes afirman curarla. Los mejores libros, sin embargo, estaban por venir, como la ya citada Rostros en el agua, que escribió en una cabaña en Ibiza que le ofreció en préstamo el escritor neozelandés Frank Sargeson (1903-1982), publicadas ambas en 1961, al poco de recobrar su libertad. Retomaría el tema de la locura en una novela futurista titulada Terapia intensiva (1970), donde se plantea una sociedad en la que las autoridades optan por suprimir a los marginales, si bien los sobrevivientes instaurarán a posteriori una dictadura aún peor. En 1972 publicará una de sus más importantes novelas, Hija del búfalo (1972), la cual escribe en una colonia de escritores y le da a ganar el prestigiado premio Turnovsky. Al nutrirse de una extraordinaria capacidad para el sufrimiento, no más poderoso que su deseo de ponerlo por escrito, presenta el sentir humano en un contexto casi naturalista y se torna dolorosamente suspicaz respecto a las realidades convencionales, que no pretende explicar y mucho menos comprender. Su obra maestra, se ha decidido casi por unanimidad, fue su novela previa a su autobiografía en tres tomos, titulada Viviendo en el Manioto (1979).
Practicante del nomadismo desde su salida del manicomio, Janet pasó el resto de su vida entre España, Inglaterra y su isla natal. En 1983 obtuvo la orden de comandante de las artes y las letras del Imperio Británico. Murió de leucemia a principios del 2004, en el Hospital de Dunedin, yéndose tan tímidamente como llegó. Uno de sus pocos libros traducidos al español es precisamente Un ángel en mi mesa (1985), que compila los tres libros de los que consta su autobiografía, publicado por Six Barral, en 2009, traducida por Aleix Montoto, Ana María La Fuente y Elsa Mateo.Quienes la trataron en plan amistoso, como la escritora neozelandesa Stephanie Dowrick, autora de la novela El corazón universal, la recuerdan como una persona terriblemente divertida, con un perverso sentido del humor y, al mismo tiempo, poseedora de una conmovedora humildad. Aunque se negó sistemáticamente a dar entrevistas y jamás se registró con su verdadero nombre en los hoteles, dejó su voz fielmente grabada en la prosa eufórica y exultante de su literatura, “Antes de la película de Jane Campion me conocían como la loca. Ahora soy la escritora loca y gorda”, solía bromear, riendo con su impudor de muchacha desdentada.

Todas (las Beatrices) y ninguna

La máxima ambición de Balzac era lograr en literatura lo que Napoleón en política. Por qué no podría una autora contemporánea alimentar ideal semejante, aunque parezca desmesurado a la luz de una época en que los ideales se han pervertido, aún entre los escritores, “pero sobre todo, señala Beatriz Rivas, quisiera tener ese sustento ideológico, todos los estudios que hacía Napoleón para conquistar un pueblo (como estudiar el Corán antes de acercarse a los egipcios), y ese equilibrio maravilloso entre razón e imaginación y, algo muy importante: Napoleón planeaba sus batallas pero estaba preparado para los imprevistos y sus improvisaciones, por lo general, eran geniales. Eso en literatura sería maravilloso. El autor que quiera escribir como un Napoleón tiene que aceptar los cambios que la misma novela le vaya pidiendo.”
Nacida en la Ciudad de México el 9 de mayo de 1965, tres días antes del aniversario luctuoso del genial corzo, Beatriz Rivas era una niña de sorprendentes ojos verde menta con el iris negro y tez aceitunada que llenaba cuadernos y cuadernos con poemas, “con la letra garrapateada, poemas horrorosos sobre juegos y jardines”, dice. Siempre sacó 10 en literatura. En la secundaria se enamoró de Napoleón a través de las lecturas escolares y consolidó ese amor cuando a los catorce años visitó por primera vez la tumba de los Inválidos, en París, y empezó a prepararse, sin saberlo, para escribir la que sería su segunda novela: Viento amargo (Alfaguara, 2006), donde a través del personaje de miss Betsy Halcombe (1802-1871 o 73), una adolescente de la misma edad que tenía Beatriz entonces, hija de los carceleros de Napoleón durante su exilio en la isla británica de Santa Helena, logra establecer una conversación con su amado. Ya de adulta asistiría regularmente a talleres con Edmundo Valadés, Guillermo Samperio, Humberto Guzmán y Miguel Cossío Woodward. Asegura, sin embargo, no haber logrado nada “publicable” sino hasta 1994, a los casi treinta años. De ahí saltó temerariamente a la redacción de una primera novela muy ambiciosa: La hora sin diosas (Alfaguara, 2003/ Punto de lectura, 2006).Sin más afán que los dictados de su corazón y la necesidad de hablar a través de Lou Andreas Salomé, Alma Mahler y Hannah Arendt, la joven elabora una primera novela luminosa y sorprendente donde logra, bien dice la contratapa, “hacernos mirar a los ojos de tres mujeres inmortales. Y que ellas nos devuelvan la mirada.” A grandes rasgos explica Beatriz su necesidad de revivir a estas tres mujeres: “Hacía muchos años que quería decir algo y no sabía cómo, así que empecé a buscar un personaje que me permitiera hablar en libertad”. Originalmente centró su expectativa en mujeres mexicanas, Antonieta Rivas Mercado, Tina Modotti, Nahui Olin, Frida Kahlo...pero, suele suceder, los personajes fueron saliendo al paso, sin ella buscarlos. A Lou se la “presentó” un amigo psiquiatra; a Alma la vio en una exposición de retratos de Gustav Klimt, en Viena, y a la vuelta de la esquina la esperaba en una librería el libro Kokoschka y Alma Mahler. De Hannah descubrió el libro de su correspondencia cruzada con Martin Heidegger durante una visita de rutina a la librería de la Universidad Iberoamericana, donde cursó la maestría en Letras modernas. El reto que implicaba darles una voz y una inteligencia muy particulares y encontrar un punto de unión entre ellas. Fue aquí donde tocó a su puerta el doctor Ponty, un macho mexicano que a lo largo de su vida coincide con las tres… y se acuesta con las tres. Hazaña que un hombre de tales características no podía, por supuesto, dejar de presumir. Esto fue posible gracias a que Lou y Alma coincidieron en Viena en una misma época (finales del siglo XIX, principios del XX), siendo Alma jovencita cuando Lou era ya madura. Asimismo, una Alma madura coincide en el mismo escenario con Hannah, aunque sin conocerse, siendo esta última universitaria. Daniel Ponty tiene la primera experiencia sexual adulta con Lou, se consolida con Alma y padece la crisis del hombre maduro en brazos de una inexperta Hannah. El que sea machista y como tal guarde en su casa a una mujercita, Monám, de quien dice tiene las tres “S” necesarias para una esposa (sumisa, silenciosa y sufrida), lo vuelve, a un tiempo, odioso pero interesante en cuanto al punto de vista que aporta sobre estas tres mujeres liberadas y geniales y el hecho de tener su origen en la pluma de una joven mujer que expone a su personaje a que sus escuchas –o lectores-lo crean chalado. “Quería hacer una novela, no una biografía –explica Beatriz–. Escogí a un personaje masculino porque ya eran demasiadas mujeres. Quería alguien que se pudiera enamorar de las tres y algunos lectores creyeron que era mi abuelo (Daniel le dicta sus memorias a su nieta). Sin embargo es totalmente inventado, ni siquiera entiendo de donde saqué el nombre. Lo hice médico porque era la única profesión que le permitiría conocer a las tres. Y mexicano porque necesitaba que hubiera uno... aunque fuera un mexicano con un pie en Europa y otro en su patria.” Daniel Ponty, pues, es el médico que asiste el aborto de Lou; el que tiene oportunidad de escuchar a Alma tocando el piano y resulta maestro visitante en la universidad de Marburgo, donde consuela a Hannah de su tormentosa relación con un profesor casado, es decir, Heidegger. Gran parte de la historia se estructura a través de cartas redactadas por las propias mujeres, unas totalmente inventadas por la autora, otras transcritas literalmente y otras más, mezcla de ficción y realidad. Lo más sorprendente: en una de sus encendidas cartas a Daniel, Lou afirma haber leído a sor Juana.Las tres fueron prolíficas musas: Lou Andreas inspiró Así habla Zaratustra de Nietzsche (aunque haya terminado aborreciéndola); Hannah, Ser y tiempo de Heidegger (quien a su vez fue empeñoso estudioso de la obra de Nietzsche) y Alma gran parte de la obra de Gustav Mahler, su primer esposo, y del pintor Gustav Klimt. La última renunció a su actividad como compositora en favor del egocéntrico Mahler que quería ser el único genio de su casa. “Un hombre enamorado siempre está en el infierno, sobretodo si está enamorado de ti”, le dice el pintor Oscar Kokoschka a un maniquí de Alma que ha creado a su imagen y semejanza para sentir que la tiene aún (p. 187). ¿Logra Beatriz Rivas tres personalidades individuales y únicas?, porque no es lo mismo la rebelde Lou, que la inestable Alma y la pasional Hannah. Pudiera objetarse la posibilidad de que Lou, Alma y Hannah se hubieran enamorado de un macho insufrible como Daniel Ponty, cuya visión acerca de estas tres notables mujeres, que sin duda lo espantan y acomplejan, llegan a caer en el humorismo involuntario. Pero no por tratarse de su primera novela Beatriz se muestra ingenua, pues pudiera estar jugando con la posibilidad de que el doctor Ponty esté fantaseando. Dice Lou en la página 79: “(...) Escribir es un arte, por lo tanto, una manera de preservar el mundo infantil en el que todo se entrelaza con todo. El ser humano que no es artista, es un pobre hombre.”
La hora sin diosas le acarreó reconocimiento y prestigio a Beatriz, pero también, ¿quién lo dijera?, el arranque de la que sería su tercera novela: Todas mis vidas posibles (Alfaguara, 2009), en la que, tras una inefable auto búsqueda en Google se topa con otras tantas mujeres que tienen en común con ella un apellido y un nombre y cuyas historias también vuelve un poco suyas. La necesidad de buscarse en otras Beatrices Rivas, sin embargo, surge a raíz de la carta de un lector de aquella primera novela, que llega hasta sus manos, en plena era de Internet, con un sello en rojo: Mailed from a Correctional Institution. William Coday no es exactamente el lector esperable para una novela como La hora sin diosas…o quizá sí en un mundo como el de Beatriz Rivas, donde la feminidad dista de ser pasiva y sacrificada. Un asesino serial que parece arrepentido y no se justifica por haber matado a sus ex novias y ha encontrado consuelo de su estancia en el pabellón de la muerte a través de la novela de Beatriz. Esta, por muy mujer que sea, no puede evitar sentir hacia su lector una mezcla de miedo…y compasión: “(…) Los escritores nunca saben en manos de quiénes terminan, en qué ciudad, sobre qué mesa de noche, guardados en qué tipo de librero y junto a cuáles autores. Hay quienes acostumbran tener un libro en el baño, para esos momentos de larga espera. Qué frases subrayan, cuáles les traen recuerdos, qué les inspiran. Aquellos que los leen, los reinventan, completan su creación y le otorgan un sentido propio a las letras.” (p. 13).
Reflexiona entonces respecto a que la mujer encinta que era cuando escribió La hora sin diosas no es la misma que ahora bebe un whisky en las rocas mientras lee y relee la carta del más inquietante de sus lectores. Ahí mismo pudo empezar su desdoblamiento en varias Beatrices: la estudiante enamorada de Napoleón, la estudiante que dejó inconclusa una tesis de maestría, la periodista que soñaba con ser novelista, la joven novelista que parió una niña de ojos enormes, la aficionada a las listas y la esposa de un importante historiador, Francisco Martín Moreno. Pero ello no bastó: el menú de google desplegó ante ella otras tantas Beatrices Rivas: la hija de un español y una senegalesa que reniega de su primera nacionalidad y de la terrorífica imagen emblemática del catolicismo –el Cristo ensangrentado- y desea recuperar los cuentos de infancia en la desierto de donde era originaria su madre; una de tantas mujeres torturadas y asesinadas de Ciudad Juárez; una joven que no se reconcilia con su perfeccionista madre hasta no encontrar en su pasado una mácula que la vuelve accesible; una agente de ventas que entre un consultorio y otro a donde va a entregar muestras de fármacos se dedica a leer una nueva novela e inventarse otras vidas, una modesta manicurista que tiene sueños proféticos que la vuelven muy cotizada entre sus clientas…incluso la más afamada de todas las Beatrices: la condenada a ser musa, semidiosa y deserotizada, la de Dante Alligheri: “(…) Beatriz tiene su origen en el latín y significa bienaventurada, la que da felicidad. Santa Beatriz, aquella que enterró a sus hermanos como mártires a las orillas del río Tíber, seguramente no fue bienaventurada. ¿Las reinas portuguesas y castellanas que llevaron ese nombre, lograron dar felicidad? ¿Contrataron a la preceptora de Isabel la Católica porque se llamaba, precisamente, Beatriz?” (p. 18).En Viento amargo, su segunda novela, Beatriz aporta una nueva versión de Napoleón cuya originalidad radica en una doble visión femenina sobre este personaje, célebre entre otras cosas por su misoginia: la de miss Betsy y la de la propia narradora, que se involucra con la acción desarrollada en Santa Helena entre 1815 y 1821, entre otras cosas, para justificar las licencias poéticas que, como todo novelista, se toma con los acontecimientos históricos, aunque, como esposa de historiador, sea también respetuosa de la verdad histórica y científica: “Su Alteza ilumina un poco mis dudas cuando me dice al oído: “Las genuinas verdades son difíciles de obtener en historia. Demasiado a menudo la verdad histórica, tan reclamada y que todos están ansiosos de invocar, es sólo una palabra. No puede existir ni siquiera en el momento en que ocurren los hechos, en el calor de las pasiones en conflicto. ¿Qué es entonces la verdad histórica? Una fácula sobre la que se está de acuerdo, como enunció muy acertadamente Voltaire.” (p. 75). Notablemente suavizado por la derrota y la traición de quienes se decían sus amigos, Napoleón adquiere la sensibilidad necesaria para abrirse ante miss Betsy y convertirla en depositaria de los recuerdos y las lecciones de vida que posteriormente volcará en sus memorias, como por ejemplo: “No se puede ceder ante la mediocridad. Si algo no ha quedado bien, debemos repetirlo. Rosseau reescribió siete veces su Nueva Eloísa…” (p. 59). Beatriz se considera atea, “porque no hay pruebas científicas de la existencia de Dios (ni de diosa alguna); sin embargo, cree en el poder de la ficción y en las historias que inventa y reconfigura la literatura”, aunque cuando hace reflexionar a Napoleón acerca de este tema, dice no haber dudado nunca de la existencia de Dios pues “aunque mi razón sea incapaz de comprenderlo, mi intuición me convence de su existencia.” (p. 90)Aunque siempre supo que sería escritora, Beatriz se demoró un poco por inseguridad y abordó superficialmente el periodismo pero como ella misma dice, el periodismo lo acercaba también a su meta. Nunca se ha considerado periodista en sentido estricto, no obstante su impresionante curriculum: trabajó en Imevisión y Radio Red, respectivamente como coordinadora editorial y de eventos especiales al lado de José Gutiérrez Vivó. Fue editora ejecutiva de la revista Milenio, participó en diversos proyectos con Adela Micha y fue asesora en comunicación de Jorge G. Castañeda. Nunca dejó de lado la creación literaria, siendo coautora de tres libros de cuentos: Las mujeres de la torre (1996, traducido al inglés en 1997), Veneno que fascina (1997) y Sucedió en un barrio (2000). “En lo poco que llegué a escribir para Milenio, siento que me ganaba la ficción –señala –soy muy mala periodista.” Asegura no tener autores favoritos sino libros favoritos, sin embargo, a lo largo de nuestra charla hay cuatro nombres que se repiten con insistencia: Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Elena Poniatowska y Julio Cortázar.

Entrevista con Beatriz Rivas, aquí


Otras Beatrices Rivas: la ganadora de un reality show y una jockey

La secreta excepción

Para Ricardo Bernal

Usted es el único y más importante nuevo escritor que hay hoy en día en la ciencia ficción… ¡Nadie se le acerca! Ni yo, ni Delany, ni Blish, ni Budrys, ni Disch, ni Dick… ninguno de nosotros.
“La leche del paraíso” es tan buena que no hay superlativos para ella. Va más allá. Es absolutamente nueva, absolutamente fresca y cruel con cuanto apareció antes, porque ella es su propia rara avis. Usted es otra nueva ola. Si cada nueva ola es un hombre –como sostengo-entonces usted es lo que ahora se presenta de improvisos rompiendo el oleaje y estoy tan jodidamente destruido por lo que me ha permitido leer que no atino a darle las gracias.

Esta carta, fechada en septiembre de 1969, era la tácita admisión por parte de Harlan Ellison al relato que James Tiptree jr le envió para la histórica antología de ciencia ficción, Visiones peligrosas (1974), tras dos categóricos rechazos. “La leche del paraíso” sería el relato más ensalzado de la citada antología que reunía lo más exquisito del género. El especialista Steve Brown escribiría a propósito del relato de Tiptree: “Leí las dos primeras líneas y sentí como si me hubiera caído de una torre alta”.
Para completar el shock, la ficha curricular del autor hacía mesarse los cabellos a quienes, literalmente, morían por conocerlo, entre ellos, su propio editor: “Segunda Guerra Mundial… sí, la mayor parte encerrado en un subsótano del Pentágono (…) Nacimiento…sí, en un piso del Medio Oeste y los lagos del norte de Winsconsin, y algunas caminatas por lugares extraños, y aún me pregunto qué guerra había en Shangai cuando estuve allí, a los diez años y puedo decir tráeme una cuchara de té en suajili, si a alguien le interesa.”
¡Quién diablos es James Tiptree jr!, clamaron aficionados y expertos de la ciencia ficción, comunidad nada desdeñable en los Estados Unidos de finales de los 60, cuando la conquista de la luna vino a ser asimismo conquista de la ficción. Tiptree fue de esos pocos autores que vislumbró una realidad todavía más allá, como si hubiera nacido con la certeza de que la luna no era inalcanzable, escribió a caballo entre pasado y futuro, conciente de la tendencia a reciclar lo que la memoria borra, visionario más lógico que imaginativo.
Uno de sus jóvenes colegas, un veinteañero de nombre David Gerrold, no tuvo empacho en aprovechar su asistencia a una convención en Filadelfia para hacerle una visita a su amigo por correspondencia, que le quedaba de paso. La dirección postal de James Tiptree jr era 6037 de Rashom Place. Lo más similar que el joven encontró fue el 6037 de Rashom Terrace. Se hizo de valor y descendió del auto para tocar el timbre de aquella adusta aunque agradable casa, bordeada por un cuidado jardín de gardenias. Quien le abrió fue una dama alta, esbelta y distinguida, de cabello corto y limpísimo – sus rizos eran oro puro bajo el sol- e inquisitivos ojos grises. Gerrold le atribuyó entre treinta y cinco y cuarenta años. Lo primero que pasó por su mente fue que se trataba de la mujer de Tiptree, pero al preguntar por él, la gentil señora negó que alguien de semejante nombre viviera allí: “… las calles de esta zona son serpenteantes y confusas…”, dijo.
Aunque decepcionado, el joven Gerrold, como buen cultivador de la ciencia ficción, sabía que nada es imposible. La idea le dio un aletazo, ¿y sí….? Más tardó en sospechar que en desecharlo: No, qué locura… ¡James Tiptree Jr no podría ser una mujer!
La abrumadora mayoría suponía que detrás de James Tiptree se ocultaba un agente de la CIA –suspicacia no tan errada, por otro lado -¿por qué no considerar la posibilidad de que además fuera mujer? No, no, el escritor más raro y exquisito del género de la CF podía ser cualquier cosa, incluso un alienígena –segunda teoría más barajada- ¡Pero no una mujer!
La identidad de James Tiptree jr fue el secreto mejor guardado de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Pero el escritor no se limitaba a ocultarse sino que, desde su escondite, alimentaba el mito, haciéndolo crecer como bola de nieve, jugando al gato y al ratón con admiradores y sus propios editores que, vale la pena aclararlo, no participaban de dicho secreto.
El que Tiptree careciera de rostro y al mismo tiempo se ajustase a todos los rostros posibles, lo volvía más popular. Con el paso del tiempo, sus relatos fueron tornándose más complejos, más críticos. Recibía en su apartado postal las más descabelladas peticiones de admiradoras que deseaban ser inseminadas por él. Las lectoras tenían la certeza de estar ante un hombre que SÍ las comprendía, y lo amaban aún sin tener la certeza de que fuera guapo o feo, viejo o joven. Cuando Judy-Lynn Del Rey le pidió una foto, el caballeroso Tip –como prefería lo llamaran, odiaba el “Jim”- no se hacía del rogar y les hacía llegar, a vuelta de correo, el retrato de un hermoso bebé de bucles dorados y sexo indistinto. Entre las más ilustres correspondientes de Tiptree, estaba la mismísima Ursula K. Le Guin, quien había logrado atraer la atención de lectores ajenos a la CF con su novela La mano izquierda de la oscuridad-: “Tiptree- dice Ursula –era una persona en extremo encantadora, y creo que era consciente de su encanto. El encanto consistía, por una parte, en una vívida inteligencia, en un interés demostrado, en una inteligencia epistolar, en elegancia, disposición y buen humor (…)”
Desde el más oscuro anonimato, James Tiptree jr no solo escribió fascinantes relatos de CF, fungió además como consejero e impulsor de nuevos talentos como el propio Gerrold y una tal Raccona Sheldon. Para entonces, sin embargo, Tiptree solo había publicado en revistas dedicadas al género, unas más prestigiadas que otras: Galaxy, Thrilling Wonder stories, Astounding, Space fiction, etc. Para cuando Tiptree publicó su primera colección de relatos bajo el título A diez mil años luz de casa (1973), ya era un clásico. La curiosidad en torno a su persona no solo no amainaba, crecía.
Los problemas comenzaron cuando su novela corta, “La muchacha que estaba conectada”, obtuvo el prestigiado Premio Hugo 1974. Se cuenta que la noche de la concesión del premio, existía una enorme expectativa ante la posibilidad de que el autor –de quien, se decía también, podía ser un pseudónimo de J.D Salinger… ¡o de Hnery Kissinger!- se presentara a recibirlo. Quien se presentó en su nombre, sin embargo, fue el editor Jeff Smith, quien incluso se dio el lujo de firmar autógrafos a nombre de Tiptree. Irónicamente, la obra premiada, “La muchacha que estaba conectada”, ofrece la pista más importante para descifrar el enigma: “(…) está muy lejos de ser del concepto “muchacha”. Tan lejos como se puede. Es una mujer, sí; pero para ella, sexo es una mala palabra que significa dolor. No es virgen. No te preocupes por los detalles. Tenía más o menos doce años; una bomba encegueció a los amantes defectuosos. Cuando los hombres bajaron, ella tenía un agujero pequeño en su anatomía y otro mortal en todas partes (…)” (Ciberficción, antología de cuentos, selección y prólogo Ricardo Bernal, Alfaguara, tercera reimpresión 2004, p.99).
La “salida del closet” de Tiptree resultó menos espectacular de lo estimado y se dio, por no variar, a través de una carta, casi un SOS dirigido a Bob Mills, su agente literario del momento: “Si Tip parece haber desparecido para siempre, es preciso que sepa que se trata de una mujer (…) Tip no es conciente de haber hecho nada deshonesto. Él no. Yo sí. Cuando veía a mis valientes hermanas era presa de unos remordimientos terribles, pero todo sonaba mucho más interesante si provenía de un hombre…”
El misterio, como se verá, no se despejó en lo inmediato pues la dama en cuestión no reveló su nombre, ni brindaba más detalle que su sexo. La periodista Julie Phillips se dio a la tarea de recabar información suficiente para recrear a la mujer detrás de uno de los más grandes nombres de la Ciencia Ficción y el resultado fue la fascinante biografía James Tiptree jr, la doble vida de Alice Sheldon, publicada en español por editorial Circe y ganadora del premio Hugo a la mejor narración de no ficción en 2007. Hija de padres aventureros y muy adelantados a su época, Alice Bradley, su nombre de soltera, nació el 24 de agosto de 1915, en un ático maravilloso de Chicago con un sobreático con jardín en la azotea y un batallón de sirvientes. Aunque Alice era la hija perfecta para Herbert Bradley y la escritora Mary Hastings Bradley, autora de libros de viajes y aventuras, la niña rubia crecería con la impresión de que siempre echarían de menos un hijo varón – había tenido una hermana algo más pequeña, Rosemary, que murió casi al nacer-; un hijo que fuera algo más que un bello accesorio, del que se enorgullecieran por sus dotes de jinete en vez de avergonzarse, como ocurría con Alice, muy aficionada a la equitación. Con todo, acompañó a sus padres y a los amigos de estos en intrépidos safaris por África donde presenció la captura de un gorila… ¡a los siete años! Al cabo de los años, esa misma niña que lloró por las crías de la bestia, protegería a los ratones del laboratorio de la Universidad de Washington y hasta adoptaría a uno de ellos.
Alice definitivamente no era una niñita común y corriente y su perpetua perplejidad ante el mundo exterior, tan distante al entorno familiar donde predominaban los trofeos de caza, tristes ojos de criaturas disecadas que reemplazaron a los amiguitos imaginarios, la llevaría al límite durante el esperado baile de debutante para el que las jóvenes de la high society se preparaban casi desde la cuna. Mary Hastings Bradley obtuvo el codiciado premio O’Henry gracias al relato “Five minute girl” donde se expone la terrorífica experiencia de una joven que fracasa en este, el más importante día de su vida… anticipándose acaso al futuro de su propia hija. Alice se sentía tan fuera de lugar entre esas chicas bobaliconas, ansiosas de agradar al sexo opuesto, que terminó escapándose con el primer joven inteligente que conoció en la gala. “La venganza de la hija obediente”, la llamaba Alice, con su característico humor negro, quien tres días más tarde de la espectacular fuga en taxi se casaría con su comparsa, el futuro escritor Bill Davey.Como era de esperarse, el matrimonio fracasaría algunos años después y aunque breve, dejaría en Alice daños psíquicos irreversibles, como un aborto mal practicado que la incapacitaría para ser madre. Por entonces se esmeraba en ser pintora… no cualquier pintora, sino la mejor. En realidad no sabía lo que quería, no conscientemente. Tratando de encontrarse a sí misma escribirá sus primeras reflexiones sobre cuestiones de género, algo que la preocupaba hondamente pues el hecho de ser mujer le obstaculizaba sus aspiraciones profesionales. Por otro lado, pese a ser tan vanidosa como la mayoría de las chicas de su edad y armarse de tacones altos que la hacían sentir impotente –medía un metro setenta y dos de estatura-, experimentaba una feroz atracción hacia su propio sexo, la cual, según Julie Phillips, mantuvo estancada a lo largo de su vida. Nunca, al parecer, ejerció una sexualidad plena, ni siquiera con Ting Sheldon, su segundo esposo y cuya devoción por ella, señala Phillips, era equiparable a la de Leonard Woolf por su Virginia.Radical por naturaleza, Alice hace de lado el arte, segura de sobresalir no gracias a su talento, sino a los influyentes contactos de sus padres, y lo hace casi a la par del término de su matrimonio con Davey. Se enrola, con todo y tacones –de los que habrá de prescindir días más tarde- en el WAC, Women’s Army Corps. Es el año de 1942, Alice desea fervientemente servir a su patria… hasta donde su patria se lo permita. Portar la chaqueta verde oliva y la corbata, al menos así lo percibe, le confiere una dignidad distinta a la de la mujer promedio... con todo y que sus más arriesgadas misiones consistan en diseñar tarjetas de presentación y de Navidad para la WAC y componer el excusado. Se le nombraría sargenta interina, comandante de su campaña y se le considerará para el rango de oficial. Es entonces que Alice padece como nunca el machismo de la milicia, donde lo mismo se acosa sexualmente a las reclutas, que se arrojan puños de nieve revuelta con basura al paso de las tropas femeninas.
Convertida en la Mayor Alice Davey, se le comisiona en la sede de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos en Londres donde trabajará bajo las órdenes del Coronel Huntington “Ting” Sheldon, graduado en Yale, buen mozo, casi dos metros de estatura, canoso prematuro y divorciado. Según se afirma, se enamoró de la Mayor Davey en el instante en que ella aterrizó, cual aparición celestial en su despacho para quejarse de una tarea que le habían asignado. Se casarían para nunca separarse el 22 de septiembre de 1945. Para entonces, Alice trabajaba en el Servicio de Inteligencia de Washington como evaluadora de las actividades del enemigo a través de fotografías, trabajo de oficina que desempeñaría también en la CIA al término de la guerra y donde por cierto Ting ocuparía un cargo directivo. Al parecer, Alice no podía aspirar a más, menos aún después que en 1947 se obstruyeron los beneficios económicos y sociales ganados por las mujeres durante la guerra. “La mujer es sustituta en una fábrica como el plástico del metal”, rezaban los panfletos. Las trabajadoras son despedidas en masa de fábricas y oficinas y Alice encuentra decepcionante la pasividad de sus congéneres ante tamaña injusticia: “…y hay que ver lo que significa el cuerpo de una mujer –escribe-; es como ser el dueño de un animal grande sólo domado a medias, una cosa maldita que no deja de ser él mismo día y noche, con sus propias operaciones inescrutables (…) Es como estar pegado a un animal insomne, amébico, húmedo, urgente, inflamatorio, fluyente y vegetal que está constantemente fuera de control y rezumando su seudópodo a la vuelta de la esquina (…)”
Alice nunca paró de prepararse para “el gran momento”, siempre aprendiendo, asimilando, viajando, observando cuanto fue posible, hasta conseguir un doctorado en Psicología por la Universidad de Washington. La vida académica, sin embargo, lejos de satisfacerla incrementó su ansiedad… esa sensación de que algo la desbordaba, de que el cubículo, el aula y el laboratorio le quedaban cada vez más chicos -¿será coincidencia que haya escrito sobre mujeres de tres metros?-Supo entonces que apenas el universo le brindaría la libertad que requería su imaginación y casi sin querer escribió su primer relato de ciencia ficción. El hacerlo le permitió asumir una nueva personalidad, acaso la reprimida, la real, eminentemente masculina. Lo que empezó como una evasión que la avergonzaba – Alice siempre fue una empedernida aunque clandestina lectora de novelas de ese género- terminó siendo la pasión de su vida: su única certeza.
Un día, mientras Ting y ella realizaban compras, repararon en una mermelada de nombre Tiptree. Alice, que ni siquiera consumía ese producto, cogió instintivamente el frasco y dijo en voz alta: James Tiptree, a lo que Ting, conectado a ella, agregó juguetón: “hijo”. En 1968 se publica el primer relato del misterioso James Tiptree jr, “Birth of salesman”, en el número de marzo de la revista Analog. Los relatos de Tiptree se caracterizan por una profunda exploración de los conceptos de feminidad y masculinidad, una contraposición de los estereotipos de género y la perpetua inestabilidad de los roles sociales, aunque lo más subversivo de sus planteamientos tiene que ver con la maternidad, acaso por la subrepticia rivalidad que existía entre Alice y su madre, acaso la única mujer digna de rivalizar con ella, o por su frustrada maternidad, lo cual no le impidió ser un poco madre para mucha gente, incluyendo su propia madre, que murió muy anciana, y su esposo. Pocas mujeres han echado tanto de menos el pene, freudianamente hablando, pero ello contribuyó a diversificar la voz literaria de James Tiptree y, de paso, enriquecer el género de la ciencia ficción. Sus lectores exclamarían junto con el protagonista narrador del relato “Vuestro corazón haploide”, donde se plantea una suerte de conflicto reproductivo entre varones y hembras de distintas especies: “Virilidad absoluta. Y absoluta vulnerabilidad. Estoy viendo varones humanos de una calidad que nunca había visto.”
Julie Phillips, su biógrafa, lo explica así: “….gracias a que Alli se adueñó de la ciencia ficción –escribe Julie Phillips- , otras mujeres reunieron el coraje de tomarse libertades en ese campo literario. Alli disfrutó de todos los placeres tradicionales de la ciencia ficción y, al mismo tiempo, los espoleó para que se generaran en él nuevas historias y se hiciera uso de todo su poder.”
Luego de revelar que Tiptree era mujer, pasarían algunos años antes de que el misterio fuera por completo desvelado pues ella defendió hasta donde fue posible su último pequeño espacio de intimidad. Lo cierto es que Alice murió un poco junto con James y ni siquiera el relativo éxito de Raccona Sheldon, su otro alias, la sacó de esta suerte de viudez espiritual. Las pocas cartas que escribió posteriormente carecían de la chispa, la audacia y la legendaria caballeresca dulzura de James Tiptree. Sin él se sentía vulnerable en extremo, como la Philadelphia Burke de “La muchacha que estaba conectada”, expulsada de la cámara que le permitía controlar a la hermosa muñeca Delphi. Tuvo que enfrentar un sinnúmero de fallas en su sistema tras despojársele de su íntimo secreto, amén de volverse adicta a un montón de medicamentos, entre ellos la Dexedrina. Alcanzó a escribir algunos relatos, utilizando aún sus dos pseudónimos, y si bien ninguno alcanzó la envergadura de los primeros, no demeritan en cuanto a calidad literaria.Alice, que desde muy jovencita coqueteó con la muerte, esperanzada, con todo y su vasto caudal de conocimiento científico, que existiera la posibilidad de convertirse en una sustancia espiritual que surcara las estrellas, tomó una fatal determinación cuando presintió que Ting, más achacoso que ella misma, se le adelantaría en el camino. El 13 de septiembre de 1987, Alice, de setenta y dos años, tomó su pistola y disparó sobre la cabeza de su esposo de ochenta y cuatro, mientras dormía. A continuación, y tras percatarse de que esta maniobra había sido demasiado sucia, envolvió cuidadosamente su cabeza en una toalla y se disparó en la sien. Se le encontró recostada al lado de Ting. Imposible separar el nudo de sus dedos entrelazados. Habían partido juntos, en pos de un mejor horizonte.


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